La hija que no sabíais que teníais

Micro conversación.

Hay ausencias que no se lloran, se entierran en silencio. Hay duelos que no llevan nombre, ni lagrimas. Y es que resulta que hace tiempo que no estáis, o al menos no de la forma en que yo esperaba. No os siento presentes, nunca lo hice. 

En algún punto de mi vida, vuestra ausencia se convirtió en algo que aprendí a llevar, aunque al principio me costó entenderos. Siempre estuvisteis ausentes, incluso cuando físicamente estabais presentes. Ausentes de cuidados, de afecto...del vinculo. Pero ya no hay tanto dolor. Quizás sí esa necesidad desesperada de que las cosas fueran diferentes. Pero bueno, ahora ya sólo queda el eco de lo que nunca fue, y con eso, la paz de finalmente entenderlo. Una sombra que con el tiempo deja de asustarme.

He pasado años buscando en vosotros lo que nunca pude encontrar. La culpa y el resentimiento me han acompañado durante casi veinte años, pero hoy ya no os guardo tanto rencor. Necesito que entendáis que os enterré en mi vida para no morir con vosotros en la vuestra. Puedo entender que también sois humanos, con sus propios temores, limitaciones y heridas. Que llegué en un momento en el que aun os picaban las cicatrices. Y claro, no podíais  darme lo que necesitaba porque ni siquiera sabíais cómo dároslo a vosotros mismos. Yo, por mucho tiempo, me resistí a aceptar eso. No me conformaba con la idea de que era lo que me había tocado, de que ya no podía esperar nada más. Pero ahora, mirando atrás, veo que lo único que realmente necesitaba era dejar de esperar y de aferrarme a unos espejismos a los que llamaba papá y mamá. No hay titulo que se sostenga bajo vuestra forma de amar.

Realmente nunca me debisteis nada, aunque en su momento pensé que sí. Vivisteis de la forma en que sabíais vivir, y quizás eso fue lo mejor que pudisteis hacer en vuestro propio camino. En su lugar floreció en mi la oportunidad de encontrar mi propio camino. De no generar patrones con mis propios hijos. Me resigné a caminar sola, a tomar decisiones por mí misma, sin esperar que me indicarais el rumbo. Y ese proceso, aunque doloroso al principio, me permitió crecer, inventar mi propia forma de amar y mi propio concepto de familia, en fin, a aprender a ser quien soy ahora. Así que yo tampoco os debo nada. Ya no os busco ni siquiera en otras caras. No os necesito para definir quién soy. Tengo la libertad de ser yo sin la carga de expectativas que nunca fueron cumplidas. Y aunque crecí con vuestro vacío a cuestas, hoy sé lo que es un hogar sin haberlo tenido nunca. Os dejo ir, no porque os haya olvidado, sino porque tengo que aprender que en esta renuncia, el odio no debe venir implícito. Me queda paz, una paz extraña, pero una paz honesta.

No lo hago por despecho, ni por venganza. Ya no. Se trata de liberarme. Sé que lo hicisteis como se os daba mejor, pero eso ya no me pesa, ni me importa, o por lo menos no tanto. Ya no hay lugar para la ira ni para la tristeza. Sólo queda el espacio vacío que, con el tiempo, se ha ido llenando de cosas nuevas, de nuevas experiencias que no dependen de vosotros. Ya no necesito respuestas, ni disculpas y mucho menos justificaciones. Os dejo ir porque, al fin, ni os odio ni os amo. 

Así que, a mis 41 años, os dejo descansar en paz. Elijo ser huérfana y no cargar con vuestra herencia emocional. Aquí ya no os queda nada por hacer, por suerte para todos. Yo por mi parte no os pongo ni tumbas ni flores, Solo os dejo este epitafio en un acto silencioso, profundo e íntimo. No porque no os vaya a recordar, que va, sino porque al final busco descanso, el vuestro y el mío. Ya no hay perdón, solo quiero cerrar este capítulo para poder vivir libre....de todas formas hoy no me reconoceríais.

Firmado: Mari, la hija que no sabíais que teníais.


Mey Segura


Comentarios

Destacado