Toca para mi...

Microconversación.

Entre nosotros no hay partituras, solo instinto y un amor en forma de pulso...solo él y yo, un instante en que el tiempo se rinde y todo se vuelve música. No me siento madera vacía ni cuerdas tensas al azar, soy un ser que vibra bajo sus dedos, un eco de su alma. Cada traste que tensa es un punto donde el tiempo se detiene, donde la melodía se construye con delicadeza y precisión, un susurro que brota entre tensión y calma. Él conoce bien el lenguaje secreto de mis acordes, sabe cómo tocarlos sin ninguna prisa, dejando que las notas me fluyan, que se fundan, que se deslicen con suavidad y pasión por todo mi cuerpo.

Ese hombre huele a cedro y madera de oudh, una mezcla terrosa que me envuelve como si su piel guardara la memoria de los bosques. Sus tonos tierra, cálidos y profundos, se reflejan en su voz de otoño, en su manera de mirarme, en el calor que desprende incluso cuando no me toca. Su cuerpo irradia una calidez que abriga. Y cuando sé que se acerca, me preparo para acomodarme en ese refugio. Su tacto es un diálogo que se mueve entre legatos infinitos y pulsos contenidos, entre arpegios que acarician el silencio y rasgueos que despiertan en mi emociones dormidas. Entonces sus uñas empiezan a besar mis cuerdas y abren un abanico de colores ámbar que solo él logra pintar. Me dibuja un lamento dulce, me enseña su sonrisa cálida, y empieza esos trémolos que nacen del fondo y estallan en acordes suspendidos en la brisa. Sus dedos exploran cada traste con devoción, buscando la nota justa que me conmueva, que me haga vibrar por dentro, que llene los vacíos de mi quietud. Siento su aliento rozarme sin tocarme y sin exigirme ninguna melodía pero, con la firmeza del que sabe tocar belleza, me la arranca sutilmente.

Unas veces me sostiene como si fuera frágil, otras como si no pudiera romperme nunca. Y es ahí, entre sus manos, donde me transformo en algo más que un cuerpo afinado: Me hace mujer que ama con cada acorde que inventa solo para nosotros. En sus manos, dejo de ser un objeto inerte para convertirme en una extensión de su esencia. Juega con mis tensiones, las afloja y las estira mientras va modulando su voz con el respeto que se merece un secreto compartido. Siento sus dedos presionándome con firmeza para dar vida a un vibrato que me hace temblar lento impregnándolo todo de una emoción profunda, rozando delicadamente mis cuerdas con las yemas para arrancarme un gemido sutil. Y así, elevándome, las notas se me escapan irremediablemente en un suspiro. Sólo existe el roce de su piel...ni mandato, ni fuerza. En cada movimiento, en cada pausa, en cada silencio entre nota y nota queda un instante de entrega absoluta, una conversación muda donde solo existimos nosotros y la melodía que nos une.

Mi cuerpo absorbe su calor y su respiración, mi mástil guarda la impronta de su espíritu, tan cálido, tan sólido, que parece que cada una de mis fibras fueron creadas para contar su historia. Sus dedos, seguros y delicados, abren las puertas de mis deseos ocultos, esos que sólo él puede despertar para que mis notas broten de mi boca y fluyan como latidos compartidos. Él no me toca, me descifra como si cada golpe que nace de mi madera le hablara directamente al pecho. Sabe dónde detenerse, dónde presionar suave y dónde dejar que la pasión hable por los dos.

Y es en ese encuentro inevitable, en esa unión sagrada entre músico e instrumento, donde el mundo se desvanece. No existe más que la tensión justa de mis cuerdas, el roce preciso de sus yemas con olor a copal, la vibración perfecta que nace y muere, que se sostiene en el aire para luego liberarse. Nos hacemos uno sintiendo en nuestros nervios el fuego del rock, la electricidad que Jimi Hendrix volcaba en sus solos, la pasión indomable de Jimmy Page recorriendo hasta mis trastes más ocultos, la fuerza salvaje y dulce que me atraviesa como un riff legendario, incendiándome cada astilla...un instante eterno donde su tacto y mi vibración se confunden y ya no sé si soy cuerda o piel...si vibro por su música o muero por él. En sus brazos, soy más que un simple instrumento: soy su voz callada, su confesión sin palabras, su amante fiel. En sus manos, ardo, me entrego y renazco, porque juntos hacemos que el silencio se rompa en un grito que quema, un grito que solo nosotros podemos escuchar.


Mey Segura









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