Hay una voz que no se quedará callada
Microconversación.
Hubo un tiempo en que las palabras no eran dichas. Eran insectos atrapados bajo mi piel, pequeños espectros que caminaban despacio por mis venas sin encontrar la salida. No hacían ruido. Se quedaban allí, latentes, como un reloj viejo que insiste en marcar las horas aunque nadie lo escuche.
Leía desde muy pequeña. No creo que empezara a hacerlo por placer, o al menos no en ese sentido domesticado del placer, más bien lo hacía porque en los libros encontraba pasadizos secretos hacia otras formas de existir. Me gustaba abrirlos como quien fuerza una cerradura, buscando entre líneas algún hilo que me explicara por qué yo pensaba tanto y tan diferente y por qué sentía todo como si el alma no tuviese piel.
Y escribía, claro. Escribía igual que se llora en silencio, como se reza sin saber bien a que o a quién, como se sopla sobre una herida abierta. Lo hacía en cuadernos que escondía, en diarios que destruí, en márgenes de libretas del colegio, en servilletas mal dobladas y las guardaba como si fueran confesiones que nadie debía encontrar. Ni siquiera yo.
Pero luego paré con la sensación de que alguien estuviese cerrando la puerta desde dentro y me hubiese dejado afuera. Dejar de escribir fue como apagar la única lámpara en una casa sin ventanas. La oscuridad se volvió rutina. Aprendí a caminar a tientas por mis pensamientos, tropezando con muebles emocionales, esquinas llenas de polvo, habitaciones que no recordaba haber habitado nunca. Y en ese apagón me volví prudente. O eso creía. La verdad es que me volví cobarde.
Porque escribir, en el fondo(y no tan en el fondo)es una forma muy pulcra de desnudarse. No de ropa, claro, eso puede hacerlo cualquiera. Escribiendo uno se desnuda de sí mismo. Se rompe pero hacia dentro. Y eso asusta mucho. A mí me aterrorizaba que alguien tuviese la osadía de asomarse por las rendijas de mis palabras y descubriera que no soy ni valiente ni fuerte, ni siquiera cuerda todos los días. Me daba un pánico horrible que alguien se reconociera en lo que escribía y dijera: “Mira, así es como piensa ella”. Porque en mi mente, pensar demasiado era un casi un crimen. Sentir de más una debilidad. Y hablar de eso... casi casi una traición.
Hay algo muy jodido en tener una voz interna que no se calla. Sylvia Plath lo dijo mejor que nadie, y yo me lo he repetido tantas veces que ya no sé si fue ella o fui yo: “Escribo porque hay una voz dentro de mí que no se quedará callada.” Esa voz me ha susurrado en medio del ruido, me ha gritado en medio del silencio, me ha empujado a escribir cosas que no sabía que pensaba hasta que las leí escritas. A veces me ha acariciado con hermosas verdades, otras veces me ha golpeado con realidades crueles. Pero nunca ha dejado de hablar. Y al final, resulta que esa voz no buscaba ninguna aprobación. Solo buscaba aire, quería salir como una polilla que lleva días atrapada en un armario.
He vuelto a escribir como quien regresa a casa después de muchos años años. Me está costando, eso es cierto. Tiemblo antes de publicar cualquier bobada, como si fuera a lanzar una parte de mí a una plaza llena de gente armada con fusiles en forma de opiniones. Pero tranquilos, no escribo para que me aplaudan ni para que me perdonen la vida. Escribo porque hay algo que quiere vivir fuera de mí. Y cuando lo dejo salir, respiro.
Hay quienes escriben para entenderse. Otros para no olvidarse. Yo escribo para no reventar. Y si alguna vez me lees y sientes que algo se te mueve dentro: Una duda, una pena, una risa que no esperabas... entonces tal vez no esté tan sola escribiendo mis cosas. Tal vez tú también tengas una voz dentro que no se calla y, como yo, estés aprendiendo a no taparle la boca.
Mey Segura


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