La madurez es una estafa piramidal
Microconversación.
Una estafa piramidal (Adictos al drama)
¿Recuerdas ese momento en el que pensabas: “cuando sea mayor voy a hacer lo que me dé la gana”? Bueno, pues sorpresa: sí, haces lo que te da la gana, siempre que eso sea pagar facturas, preocuparte por pasar la ITV y emocionarte cuando Mercadona pone el queso de untar a 1,20. Maravillosa libertad...divina. Y es que resulta que la vida adulta no es más que una cadena de favores que te haces a ti misma. Te levantas para trabajar y poder pagar el alquiler de un piso que no puedes decorar porque ni siquiera es tuyo, comes lo que puedes cocinar en 7 minutos al microondas porque no hay más tiempo...ni ganas, la verdad. Y te duchas rápido para que no se empañe el espejo, porque tienes que verte la cara de cansancio mientras te untas la crema de contorno de ojos que prometía milagros pero solo da escozor. Eso sí, toda digna, con tus patatas congeladas y tus propósitos de domingo por la tarde, piensas: “esto no puede ser todo”. Pero sí, parece que es todo. Lo que pasa es que lo vamos revistiendo de frases inspiradoras de Instagram y sesiones de peluquería para que parezca que hay un plan maestro, pero no lo hay.
No sé quién fue la primera persona que nos vendió esta mentira, pero me gustaría hablar con ella. Sentarnos con un café y decirle: mira, lo de “madurar” está bien pero no es crecer, es más bien darte cuenta de que nadie tiene ni idea y todos estamos improvisando como si estuviéramos en un teatro experimental. A veces aciertas, otras veces lloras en el coche escuchando a Sabina, y muchas veces te ríes de ti misma porque si no, igual te detienen por haberle pegado fuego a todo. Y cuidado, que la estafa viene bien disfrazada de “estudia una carrera”, luego “búscate un trabajo estable”, luego “cómprate una casa”, luego “ten hijos”, luego “cambia el coche”, luego “invierte en algo”… y así, hasta que un día te das cuenta de que la única inversión real fue la olla eléctrica que compraste en 2021. Y que tus domingos de ‘batch cooking’ no son evolución personal, son esclavitud moderna con olor Nagchampa.
Mi vida transcurría (y aún a veces también) ente una comedia dramática donde los capítulos se escriben con malas palabras, videos de gatos, y esa cosa tan rara que era el crecimiento personal. Porque claro, todo era sanar, meditar, soltar... Espiritual, si, pero haciendo terapia con mis gatos para superar el instinto criminal. Uno duerme conmigo y el otro me ignora pasivo-agresivamente desde una estantería. A veces creo que planean asesinarme, pero los perdono porque son peludos. Y entre intentar entender eso del autoconocimiento y que significaba lo que nunca nos explicaron sobre la paz interior, las conversaciones con mis amigas ya no iban solo de outfits y chicos. Evolucionaban a audios llorando, recetas de galletas que nunca haremos...hablamos de hormonas que no tenemos, terapias alternativas que jamás vamos a costear, el poder de los cuarzos que crecen en la tienda del barrio… y de si ese dolor de cuello es por una mala postura o porque el universo nos está castigando por no cerrar ciclos. De preguntarnos ¿lo hago? y contestar -No que mercurio está en retrogrado-...tan expertas que parecemos nativas. Y entre tanto despertar espiritual de oferta, me da hambre y pido pizza. Porque iluminada sí, pero con hambre nunca.
Y me confieso: he buscado “cómo saber si estás iluminada espiritualmente o solo estás muy cansada” en Google a las 3 AM. Y termino viendo vídeos de "ideas en 5 minutos" y aprendiendo a customizar muebles de Ikea con una señora de Murcia. Somos, invirtiendo en cremas, aceites esenciales, retiros de reconexión, y cursos de abundancia cuántica, para luego comparar el precio del detergente por lavado como si fuésemos brokers de Wall Street. La primera fase de ser adulta es eso: estar rota espiritualmente pero con una agenda mental inútil para organizar los gastos del mes. Lo único que te mantiene cuerda, a esas alturas, son tres cosas: El sarcasmo, el café caliente y saber que no estas sola. Que hay otras igualitas, en su casa, con moño, bata, y esa expresión de “yo no firmé para esto”. Me niego a ser madura para pasarme media vida preguntándome si he cerrado bien el grifo o si el gato se me ha escapado o nos estamos dando un tiempo. Y sin embargo aquí estamos: sobreviviendo, riéndonos y repitiéndonos que “todo pasa por algo”, mientras la tarjeta de crédito dice “no, no pasa”. Así que si hoy estás agotada, harta, medio zen y medio histérica, con ganas de abrazar y tirar cosas por la ventana al mismo tiempo, solo te puedo decir una cosa: Bienvenida al club. No hay diplomas pero por lo menos nos reímos para no colapsar. Todo muy maduro, todo muy de cuarenta y pico.
Mey segura
El plot twist de la estafa (Menos drama y más conciencia)
A decir verdad el crecimiento personal está sobrevalorado. Bueno, más bien mal enfocado. A ver, si evolucionar es ir al fisio por una lumbalgia y emocionarte porque compraste un nórdico de invierno/verano, entonces hace tiempo que estoy en fase Pokémon legendario. Pero de verdad te lo digo: me tuve que mirar muchos días al espejo y preguntarme si esta era la vida que quería… y otras veces simplemente me limpiaba la comisura de la boca con mi jersey viejo y seguía viendo vídeos de gatitos que duermen en posiciones curiosas.
Que no cunda el pánico, sólo son las primeras fases... La vida adulta es una estafa piramidal, si, pero trasciende. Ya os digo que no sé en qué momento me inscribí en este club de adultos disfuncionales. No firmé nada, no acepté términos ni condiciones y, desde luego, nadie me advirtió que venía sin un tutorial y con actualizaciones constantes de traumas antiguos. Así que aquí estoy: pagando facturas, dando consejos, entendiendo traumas generacionales y llorando con canciones un lunes cualquiera. Sí, soy.
Soy yo, una mujer de 40 y algo, empoderadas nos llaman. Soldado de oficina, que no es lo mismo que estar en el frente, pero te invito a sobrevivir a una reunión durante 10 minutos sin querer pedir la baja voluntaria. Un Geyperman soy. La adultez era eso que de niña imaginaba como una especie de fiesta sofisticada con copas de vino tinto y muebles beige. y sin embargo los muebles beige duran exactamente 15 minutos si tienes gatos, hijos, o un mínimo de dignidad emocional. Y las copas de vino... bueno, ahora son una mezcla entre terapia líquida y excusa para filosofar con amigas sobre si el amor real existe o si solo era algo que inventaron las películas francesas para vendernos boinas... y yo ni bebo vino ni uso boina.
Pero, en algún punto, más o menos entre la tercera crisis existencial del mes y el segundo desayuno espiritual a las 8 a.m., me di cuenta de que la verdadera madurez no llega con la letra del coche. Llega cuando te das cuenta de que no puedes seguir huyendo de ti. Ni de lo que sientes. Ni de esa vocecita interna que no calla ni con yoga, ni con rosado, ni con el playlist de “Love para gente intensa”.
La adultez real, la de verdad, no es una estafa. Es el plot twist de la estafa. Esa parte donde descubres que todo lo que intentabas evitar, el miedo a estar sola, el vacío de los domingos por la tarde, esa herida que arrastras desde los siete años porque nadie te preguntó si estabas bien... era el principio de algo más grande. Y no, no hablo de un despertar mágico al estilo gurú levitando con incienso y velas, hablo de un "me cansé de vivir en piloto automático, así que me escuché". Y fue raro, incómodo... a veces patético. Como esa vez que hablé con mi reflejo mientras me depilaba las cejas y terminé llorando porque entendí que siempre había buscado amor en sitios donde solo ofrecían un poco de nada y algún tupper con tapas que no encajan.
Además se vuelve fascinante cuando te das cuenta de que puedes tener la nevera vacía, la cuenta en números rojos, pero una paz mental impagable porque por fin sabes qué es lo que no quieres. Porque aprendiste que no todo el mundo merece acceso a ti, que la autoestima no se construye con cumplidos ajenos, y que amar de verdad a alguien empieza por no abandonarte tú. Y aquí estoy con cuarenta y pico, mitad drama espiritual, mitad chiste de Eugenio. Con dos hijos que me miran como si supiera lo que hago (aunque no lo sepa), con tacones en el armario por si toca salida seria, y converse rotas para el alma. Con un amor real, de ese que no promete perfección sino calma compartida. Un amor que no da pereza. Uno que no huye cuando saco mi lista de traumas, ni se asusta si menciono mi caos o a mis gatos. Que me mira con esa cara de “me gustas incluso con moño de supervivencia y camiseta vieja con agujero. Con arrugas en el corazón y en la frente", pero sobre todo con una voz que no grita, canta.
Así que sí, la vida adulta fue una estafa en sus primeras fases, hasta que dejé de esperar que me la explicaran. Y la empecé a sentir. Y si tú, al leer esto, has sentido que te describo… Que ese caos funcional, ese humor ácido, ese desorden emocional con estética de Pinterest, también es tu vida… Pues eso: Si somos.


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