Háblame, te veo
Microconversación.
Hay algo en mí que lo sabe.
No sé cómo explicarlo sin parecer soberbia o lunática, pero lo cierto es que lo sé. A veces antes de que pase, a veces antes incluso de que los otros se den cuenta de lo que van a sentir. Desde ese lugar íntimo donde se mezclan intuición y experiencia, como dos viejas conocidas que ya no discuten por ver quién tiene razón. Y no es una película bonita, ni un superpoder… de hecho es bastante agotador. Como vivir con una radio encendida todo el tiempo, sintonizando frecuencias que nadie me pidió. No es magia, no lo hago a propósito, ni tengo que concentrarme, solo ocurre. Hay algo en la forma en la que una persona se traga un suspiro que me dice más que cualquier discurso. Pero también, en los días buenos, es un maravilloso regalo. Un regalo raro.
Me obsesiona leer a la gente. No lo hago desde el juicio, sino desde el instinto. Veo gestos mínimos, tiempos, tonos, cómo se sientan, como caminan, cómo se callan, como miran, cómo cambian de tema justo cuando rozamos lo incómodo. No hace falta que me cuenten su infancia: ya la he leído en su forma de reírse mal cuando sienten ternura. Gente que llega con preguntas, pero no con ganas de respuestas. Gente que se sienta frente a mí y sin darse cuenta, lo dice todo: cómo coloca el bolso en la silla, cómo desvía la mirada cuando algo le duele, cómo ríe un poco más fuerte de lo necesario cuando quiere ocultar el temblor. Es simplemente ver lo que otros prefieren tapar. Como si mis ojos fueran una especie de espejo que no miente.
Mientras ellos hablan, mientras intentan entenderse en voz alta, yo veo patrones. Historias repetidas con distintos disfraces. Heridas que no han cicatrizado bien y ahora duelen hasta con la brisa. Padres ausentes vestidos de parejas que no escuchan. Miedos de infancia maquillados de metas inalcanzables. Y es justo ahí, en medio de ese caos, donde yo me entretengo inventando posibilidades.
Veo cómo podrían reconstruirse si tan solo dejaran de repetirse que no pueden. Veo caminos alternativos escondidos entre las excusas que convierten en jaulas. Veo la semilla de lo que podrían ser, justo debajo de lo que temen mostrar. Y lo más curioso de todo es que, sin saberlo, prácticamente siempre, ellos mismos ya se están respondiendo. Solo que no se han dado cuenta. Y tienen el problema y la solución en una misma frase. Me cuentan algo casual...no sé... una anécdota cualquiera, y entre sus palabras yo escucho lo que no se atreven a nombrar. El alma tiene esa manía: se cuela entre líneas, susurra mientras la boca distrae. Y ahí, en ese susurro, está todo.
Esos patrones me devuelven a mí. Y mi sistema operativo empieza a traducir, veo el miedo que se hereda, la carencia que se transforma en orgullo, las heridas que se repiten hasta que alguien se atreve a mirarlas de frente. Y me pasa que, cuando reconozco esos hilos en otros, empiezo a desenredar también los míos. Cada persona que leo me lee también a mí. A su manera. Y si dejo de resistirme, aprendo y mucho.
No es fácil vivir así. No te voy a mentir.
Siento que no descanso nunca. Que incluso cuando río, una parte de mí está escaneando lo invisible. Pero lo agradezco porque también me permite amar mejor. Cuidar sin asfixiar. Comprender antes de ofenderme. Y, sobre todo, me ha enseñado a reconocerme en el otro.
Porque cada patrón que descubro allá afuera, lo he visto primero en mí. Cada herida me devuelve a la mía. Y cada persona que me confía su caos, me enseña que todavía hay partes de mí que también buscan orden.
Tampoco te voy a vender humo: a veces es una mierda. Me vuelve ermitaña, desconfiada y selectiva. Pero también (y esto lo digo con la paz que da el tiempo) me ha salvado muchas veces. Me ha acercado a personas que no hablaban mi idioma pero sí a mi alma. Me ha permitido ayudar sin invadir, estar sin poseer. Me ha dado la oportunidad de ver a los demás como mapas vivos, llenos de caminos, algunos cortados, otros recién abiertos. Descubrir que alguien ríe igual que su abuela, que otro siempre se toca el cuello cuando miente, que alguien pide amor con ira porque no sabe cómo hacerlo... Ahí hay ternura. Ahí hay humanidad. Y yo tengo la suerte y el peso de percibirla. A veces me deja rota. Otras veces, me deja llena. Y sí, también hay belleza en eso.
Entonces aparece la intuición, ella me susurra. Pero cuando la ignoro, se pone creativa: se transforma en dolor de estómago, en ansiedad sin causa, en ese no sé qué que me eriza la piel cuando algo no vibra bien. Me habla desde el cuerpo. Desde un “no vayas”, desde un “aquí no es”. Y cuando, por cabezota, insisto… pues nada, la vida me lo repite a gritos. Hasta que la escucho o hasta que me rindo.
No quiero enseñar nada. Ni convencerte de que hay que ser así. Solo estoy aprendiendo a no traicionarme. A no forzarme a mirar para otro lado cuando mi alma ya encendió todas las alarmas. A vivir con este radar sin esconderlo. A celebrarlo también, sin sentirme una intrusa en lo invisible, un polizonte en las heridas ni una inquilina en los sueños ajenos.
No tengo respuestas para todos, ni siquiera para mí, pero sé mirar y ver. Mi intuición me recuerda que lo invisible no es menos real. Que las almas también se comunican, aunque no sepan hacerlo con palabras. Que hay encuentros que no son casuales, sino necesarios. Y que cuando alguien habla con el corazón abierto, aunque sea por accidente, la vida se le ordena un poquito. Y a mí también. No se trata de saber mas que nadie y ya no busco ni entender ni ayudar sin ser llamada. Únicamente disfruto de escuchar lo que no se dice, de ser solo una observadora, Y vivir desde ahí.
Mi intuición no es perfecta. Pero cuando la escucho, me vuelvo hogar. Para mí, y a veces, sin querer, para otros también.
![]() |
| Mey segura |


.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué opinas?